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lunes, 17 de febrero de 2014

Nueve meses, Lucía Oterino Mateo

Grandes y saltones ojos tenía la pequeña Miriam ese día señalado para ella y para sus padres. Miriam había descubierto el mundo por primera vez, llorando como casi todos los que llegamos.
Sus padres estaban realmente felices, después de nueve duros meses. Ese día había llegado. 
Pasados unos meses, Miriam empezaba a dar sus primeros pasos, se caía millones de veces, pero la pequeña no dejaba de intentarlo. 
Miriam crecía muy rápido, sus ojos saltones ya no resaltaban tanto en su pequeña cara, su tono de pelo oscurecía. 
Las personas que la conocían decían que era un amor de niña. Era una pequeña bastante feliz, sonreía con constancia e intentaba hacer reír a todas las personas que tenía a su alrededor. 
Pasaron unos años. Su vida empezaba a cambiar, se daba cuenta de que la vida no era tan fácil, que los sueños solo son sueños, y que es la realidad la que hay que afrontar. 
Con apenas catorce años, Miriam mostraba una gran pasión por los animales. Decía que eran iguales que las personas, ellos también tenían sentimientos. Estudiaba en un instituto cerca de casa. Sus notas eran inmejorables, por eso sus padres casi siempre le compraban algún que otro capricho, lo más importante para ella, sus animales.

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