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domingo, 16 de febrero de 2014

Ángel de la guarda, Ángela Martín Reyes


Hermoso, así era aquel sentimiento que volvía a aparecer de nuevo. Mi viejo y buen amigo, que con cariño yacía en mí, en lo más profundo de mi ser.

Daba igual si fuera de noche o de día, él nunca dormía. Me cuidaba, me protegía de todo mal. Cuando hacía frío, su caluroso abrigo de plumas blancas me arropaba. Su dulce y bella voz espantaba a mil pesadillas que se escondían dentro de mí. El miedo era algo desconocido en aquellos días. Ahora son más interesantes, no sé qué puedo encontrarme, él ya no está para hacerme sentir protegido, tampoco para contarme esas viejas historias sobre cuando las guerras no reinaban en nuestras vidas y las risas aún permanecían. Ahora, el silencio y el llanto toman las riendas de este crudelísimo viaje.

-Oh, qué lejos quedaste. 

Camino solo, a oscuras y con los ojos cerrados sobre este miserable destino.

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